miércoles, 7 de enero de 2009

Me gusta odiar Barcelona











Barcelona putea. En todos los sentidos. Prostituye desde que se hizo un nombre, desde que se convertió en una marca equiparable al conejito Playboy. Pero también jode. Y quien se deja penetrar por ella lo hace con gusto, se siente privilegiado, considera que forma parte de un club selecto que nada tiene que ver con la sodomía. Y pide más.
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« Barcelona, posa’t guapa » fue algo más que un lema. Fue el reclamo de un orgullo que había permanecido oculto, como se ocultó durante mucho tiempo el mar, al que la cuidad daba la espalda. En 1992, Barcelona empezó a maquillarse, a vestirse con ropa cara. Y dio el pego. Se había abierto de piernas a una realidad internacional, y había aprendido a hacerle el amor como si de verdad lo quisiera. De hecho, es probable que entonces Barcelona se sintiera realmente enamorada de aquel ejemplo que hallaba más allá de sus fronteras, mejor si éste no pertenecía a España. O incluso puede que fuera una franca admiración, eso que sentía por cuidades como Londres o París, o Nueva York. Alguien – o algo – le hizo créer que podía ser igual que ellas.
En otras palabras : Barcelona se lo creyó demasiado. Y no hay como la confianza en una misma para convertirse en objecto de deseo.
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Y ahí está aquel obelisco que le dedicó Jean Nouvel en la plaça de les Glories, un símbolo sin duda de « Barcelona me la pone dura ».
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Barcelona es una puta de lujo y ya no necesita meterse en la cama con nadie. Sin embargo, todo el mundo (en el alcance global del término) pretende haberse acostado con ella, pretende conocerla aunque sea a través de conversaciones noctámbulas. Eso es lo que la hace mundana.
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Ya sea a un nivel productivo o en la propia condición social, Barcelona nos compra y nos convierte en beneficio. En lo que a la creación se refere, todo lo que ostente un made in Barcelona tiene cierta garantía de éxito ; a su vez, exporta la marca y certifia su pervivencia. Incrementa su precio.
El hecho de vivir a de haber vivido en Barcelona aspira a abrir las puertas de aquellos burdeles fashion y mediosnobs que frecuenta una pseudoclase social no tan determinada por las generaciones como por un estilo de vida. Hola, qué tal, soy posmo y te pasmo.
De todos modos, limitar este fenómeno a las tribus urbanas, a los bares y a las copas resultaría muy reduccionista, incluso poco fiel a la realidad. Entre otras razones, porque Barcelona, aun maquillada para matar, no es como la pintan. De noche, esta cuidad se convierte en la Estocolmo del sur de Europa. O, en palabras más directas, es un auténtico coñazo. Y en ese raro afán por acercarse a París, cobra caro y trata mal ; a eso le llama glamour.
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Los que nacieron en esta cuidad viven tan ocupados en defender su propia identidad como hijos suyos, que no se dan cuenta de que ella, mientras tanto, se va haciendo vieja en el quirófano, abandona a sus operaciones de especulación estética. Estas son las operaciones que generan más ingresos.
Porque, si algo queda claro, es que Barcelona es rica. Económicamente, sí, pero también cultural y artísticamente, históricamente, climáticamente. Es rica, pero no multimillonaria. No importa. Lo que importa es que tiene un gran poder de seducción. Y quizá éste sea el mayor poder. El que lo consigue todo. Y todo lo mueve.
Madre dominadora y madastra capaz de provocar el síndrome de Estocolmo entre los que se dejaron atrapar por ella, falta determinar por qué Barcelona también atrae a escala internacional. No es excesivamente juerguista y, físicamente, ha dejado de ser bella. Tal vez estemos tan acostumbrados a sus costuras y sus tumores que ya no los veamos, pero están ahí en forma de andamios, de ladrillos, de socavones. Sus playas, aunque eficaces como parrillas para broncear, son bastante feas.
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Me vienen a la cabeza anuncios como el del turrón 1880 (« el turrón más caro del mundo »), o los bombones Ferrero Rocher que Isabel Preysler ofrecía a sus invitados, símbolo de exquisitez. En realidad, tanto el turrón como los bombones están al alcance de todos los bolsillos, pero deben convencer al comprador de que se está llevando algo selecto, extraordinario. Necesitan distinguirse mediante un aspecto diferencial. Barcelona no sólo se vende, sino que, además, se sabe vender.
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Nos gusta, pero no sabemos por qué ; la odiamos, pero no la abandonaríamos.

Barcelona, la gran madame, de Llucia Ramis, en Odio Barcelona

1 comentario:

kaotika_amelie dijo...

"Ya sea a un nivel productivo o en la propia condición social, Barcelona nos compra y nos convierte en beneficio." : Totalmente cierto, yo en cierto modo también me siento prostituida POR Barcelona, que ejerce ese raro poder de la última frase del texto mediante el que ni evita ke la odiemos, ni permite ke la abandonemos.

Desde luego, es una madame de dudoso glamour y mucha, mucha cirugía estética que oculta cosas muy feas. O las pone aún más de relieve, según se mire.